Los derechos de los
animales
Ha habido, y sigue habiendo, tenaces defensores de la idea de que la especie humana es
absolutamente excepcional, en el sentido de que hay entre ella y los demás seres vivientes,
incluyendo algunos que, como los chimpancés, ofrecen, en su figura y en su
comportamiento, aspectos sorprendentemente humanos, una diferencia de naturaleza y no
sólo de grado. Entre los defensores aludidos figuran tanto personas de diversas
confesiones religiosas como otras que despliegan indiferencia, e inclusive hostilidad, en materia de
religión. Entre los primeros cabe mencionar los que insisten en el carácter
excepcional de los seres humanos, porque, si bien son criaturas, han sido formadas a imagen y
semejanza de Dios. Entre los segundos cabe mencionar a quienes, como Sartre, no brindan en su
sistema filosófico ningún lugar para Dios, o para cualquier ser calificable de
«supremo», justa y precisamente porque Dios, si pudiese existir, sería una
imposible unión de algo no humano con algo humano. Los seres humanos son, para
Sartre, tan peculiares que son lo que no son, y no son lo que son.
Ideas semejantes, aunque fundadas en otros supuestos, se rastrean en quienes sostienen que la
mente humana, que caracteriza al ser humano y lo distingue de otros, es metafísicamente
distinta del cuerpo humano; o en quienes ponen de relieve que los seres humanos son los
Únicos que, quiéranlo o no, se eligen a sí mismos como tales, de suerte
que no hay una naturaleza humana, sino, a lo sumo, un proceso en el curso del cual el ser humano
se va constituyendo como lo que es, gracias a que se va constituyendo como lo que va a ser.
La idea de que los seres humanos son radicalmente excepcionales es un común
denominador bastante vago como lo dan a entender los varios ejemplos aducidos.
Pero es, además, confusa si se la interpreta corno equivalente a la opinión de que
la realidad humana no contiene o, en todo caso, no implica, o co-implica, ninguna otra realidad.
Aun si se supone que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (y se ha
observado que 'semejanza' atenúa el sentido de 'imagen' excluyendo su paridad), se
sobrentiende que ha sido como plasmado, o encastrado, en substancias naturales; en
épocas pasadas no se hablaba de células, o de cadenas de moléculas de
ácido ribonucleico, pero se hablaba de carne, huesos y sangre, los cuales existen asimismo
en abundancia en muchos seres vivientes no humanos. Hablar de que el ser humano se hace a
sí mismo, eligiendo no sólo lo que va a ser, sino también, y sobre todo,
quién va a ser y quien va a ser es identificado con lo que es, no descarta,
sino que a menudo acentúa el hecho de que este «hacerse a sí
mismo» es, como algunos dirían, un «diálogo
dramático» con las circunstancias, en las cuales figuran no
sólo árboles, rocas, aire, agua, así como objetos manufacturados por los
propios seres humanos, sino también realidades biológicas corporales como el
cerebro, los pulmones o el hígado. El que el ser humano sea una persona, en cuanto fin en
sí mismo, en cuanto agente moral racional y, en general, en cuanto realidad que opera, o
puede operar, en el mundo «inteligible» como mundo
«nouménico», no lo hace independiente del mundo
«fenoménico», etc. Sin embargo, a la hora de la verdad para unos, la
hora de llevar a cabo una decisión moral; para otros, la hora de entregar el alma a
Dios, las dimensiones «fenoménicas» se quedan aguardando en un
trasfondo con derechos puramente nominales.
Algunos pensadores, particularmente cautelosos, pero todavía afectos a la idea de la
«diferencia específica» entre seres humanos y seres vivientes no humanos,
especialmente ciertos animales, han tratado de descubrir esta «diferencia»
que justamente se llama a veces differentia sin más y la han
encontrado en
características como el ser racional, el ser capaz de lenguaje, el ser capaz de crear y usar
símbolos, el ser histórico, etc. De este modo, se ha logrado un compromiso entre
la idea del ser humano como especie animal y la idea del mismo como un tipo de realidad que
trasciende de alguna manera el ser animal y natural. Este compromiso se ha hecho más
interesante, o más atractivo, o más «dramático», cuando se
ha presentado bajo la forma de una «tensión»: tensión entre lo
natural y lo moral, lo fenoménico y lo nouménico y, más poética,
o religiosamente, entre la bestia y el ángel, oscilando perpetuarnente entre ambos
«dos almas, ¡ay!, habitan en mi cuerpo», donde el cuerpo resulta ser
una de estas «almas».
En principio, los pensadores cautelosos aludidos no se han desviado mucho del buen camino
porque, dadas dos clases naturales, cabe encontrar caracteres específicos que las
distinguen. En lo que, a mi entender, han errado dichos pensadores es en destacar la especificidad
de la especie humana, la mencionada differentia, como un rasgo absolutamente
excepcional y, además, en inclinarse a veces a pensar que dicha especie constituye un
«centro» en. torno al cual gira, por lo menos moralmente, el universo, y que es el
punto más destacado en un proceso evolutivo.
Adopto aquí otro punto de vista que, sin ignorar diferencias, y muy considerables, las
concibe como diferencias de grado y no de naturaleza o, como antaño se decía (y
ahora vuelve a decirse) de «esencia». La especie humana es presentada aquí
como una especie animal cuyos condicionamientos biológicos, y
biológico-evolucionarios, no deben olvidarse, no sólo cuando llega la hora de
examinar sus estructuras sociales y sus realizaciones culturales, sino también cuando se
procede a escrutar una de estas últimas: las normas, reglas, juicios e imperativos morales.
La «Introducción» a este libro da algunas vueltas, y espero que proporcione
algunos refinamientos, a esta cuestión.
Cuando se afirma que la especie humana es una especie animal que exhibe diferencias de
grado muy considerables con respecto a otras especies, no es, o no es sólo, por sus
mayores capacidades intelectuales; por sus más abundantes y refinadas habilidades
instrumentales; por su mayor creatividad (y flexibilidad) en la producción de formas y
relaciones sociales; por sus capacidades artísticas más desarrolladas, etc., sino
también, y sobre todo, porque a causa de todo ello la especie se ha implantado en el
conjunto de ecosistemas que forman el planeta de un modo que ha alterado notoriamente muchos
de ellos. Es cierto que en el curso de la evolución natural ha habido cambios muy grandes
en el conjunto, y en la serie, de ecosistemas, al punto que la evolución natural es
presentada a menudo bajo forma de descripción y explicación de dichos cambios.
Ha habido inclusive lo que se han llamado «ecocatástrofes», en un sentido
no valorativo de 'catástrofe', es decir, no como cambios radicales indeseables, sino
sólo relativamente bruscos. Equilibrios dados se han deshecho para dar lugar a nuevos
equilibrios.
¿Por qué estimar, pues, que una alteración fundamental de estructuras
naturales como el introducido por la especie humana es apenas comparable con otros?
Si la especie animal llamada «ser humano» se hubiese limitado a introducir
cambios en sus estructuras sociales, y a utilizar objetos naturales como instrumentos, o inclusive a
fabricar instrumentos rudimentarios, no podría hablarse, como ha hecho Freeman J. Dyson
de «perturbar el universo» o de «disturbios en el universo» (Freeman
J. Dyson, Disturbing the Universe, New York, 1979). Dyson entiende estos
«disturbios» en un sentido no enteramente incompatible con el que aquí se
da a esta expresión, pero se refiere particularmente a una fase muy avanzada en el proceso
histórico humano, que ha llevado a la posibilidad de «remecer», y hasta
«rehacer», el universo, aunque sea ese menudo fragmento de universo que es el
sistema solar. Aquí entiendo por «perturbar» el universo introducir
perturbaciones o disturbios en el conjunto de ecosistemas llamados «el planeta
Tierra», de suficiente envergadura, y de características suficientemente distintivas,
como para que resulte difícil compararlo con cualesquiera otros cambios antecedentes a la
aparición de la especie humana, y hasta durante la mayor parte del tiempo en que ha
existido la especie en el planeta.
Primero se pensó en miles de años, luego en centenares de miles; ahora se pasa
del millón como período durante el cual la especie humana vivió
no en el clásico «estado de naturaleza», en el cual, de todos modos sigue
viviendo, sino en un estado en el que, aun con la producción de más variados, bien
que no necesariamente más complejos y bien organizados, sistemas sociales, y con una
tecnología más avanzada que la de sus primos hermanos zoológicos, no
alteró grandemente la configuración de la biosfera. Durante el largo
período en el que los seres humanos, en cantidades relativamente escasas, vivían,
y muchas veces malvivían, a base de la caza de animales y de la recolección de
frutos, la tierra permaneció sin muchas más perturbaciones que las que hubiera
cabido esperar del curso general evolucionario. El primer «disturbio» importante,
posiblemente el mas importante y decisivo, fue la introducción de la agricultura.
Aún hoy puede verse, en las regiones cada vez más esquiladas donde persiste la
titulada «vida salvaje» una expresión que, por fortuna, vuelve a
usarse en un sentido no peyorativo, que los ecosistemas existentes se van desintegrando y
contrayendo con la introducción de los cultivos, al punto que uno de los asuntos que se
debaten es el de si, y hasta qué punto, pueden cohonestarse las necesidades
agrícolas de ciertas comunidades con la conservación de multitud de
especies.
La historia es larga aunque mucho menos larga que la prehistoria y para los
efectos que aquí me interesan suficientemente conocida. En los últimos cuatro mil
años, y especialmente en los últimos cien años, se ha producido una
verdadera explosión de «humanidad». La especie ha ido invadiendo el
planeta, «humanizándolo» en un sentido literal, no siempre necesariamente
en el sentido que tiene este termino cuando se emplea para formular juicios de valor positivos
sobre las costumbres. La explosión antedicha se ha intensificado a ojos vistas, al
unísono de otros acontecimientos no menos patentes: la revolución
científica y tecnológica ha adquirido un carácter casi permanente; los
trastornos sociales han sido inmensos, produciéndose a la vez enormes beneficios y
descomunales desigualdades, etc. Es cierto que, tras un período en el que parecía
que la oblación iba a aumentar exponencialmente al punto que se preveía que
dentro de un par de siglos no habría espacio para todos s los individuos sobre la Tierra,
parece haberse estabilizado el aumento demográfico global, aunque haya al respecto
enormes diferencias la población de Kenya doblará en diez años; la
de Suecia, en doscientos dieciocho. Pero, con todas las estabilizaciones que se quieran, el
aumento demográfico ha sido ya de suficiente envergadura para que pueda decirse que la
especie humana ocupa, y domina un espacio más amplio y variado que el ocupado y
dominado nunca por ninguna otra especie. En suma, aun si se llevaran a cabo en todas partes con
éxito los proyectos de «crecimiento demográfico cero», la
situación seguirla siendo la de un «disturbio» fenomenal introducido por
nuestra especie.
Esta situación plantea muchos problemas para la propia especie: problemas
económicos, sociales, políticos, morales, etc. No escasean las soluciones
propuestas: económicas, sociales, tecnológicas, etc. y, en el caso de las
soluciones morales, las dilucidadas en la llamada «ética ecológica» o
«ética del medio ambiente». Pero todas las soluciones, o conjuntos
de soluciones, parecen parciales ante dos posibles «salidas».
Una de ellas consistiría en, por así decirlo, «desperturbar» el
planeta, desandando lo andado. Nadie propugna, que yo sepa, esta solución, pero hay
ecos de ella en algunos movimientos ecológicos más o menos románticos
y en consignas del «retorno a la Tierra», «retorno a la simplicidad»,
«lo pequeño es mejor que lo grande», etc. La propuesta, si se toma
realmente en serio, tiene algo de fantasioso: consiste en propugnar que la especie humana
renuncie a su posición de ocupante y dominador de la Tierra abandonando no sólo
la industria, mas también la agricultura. Para seguir esta propuesta habría que
disolver las sociedades actuales y no sólo las grandes potencias o «el
Poder», desmenuzándolas en comunidades de cazadores-recolectores, cuyo
número iría disminuyendo hasta que volvieran a insertarse en un mundo donde
coexistirían con «la vida salvaje», permitiendo a ésta volver a
desarrollarse sin trabas.
Otra «salida» consistiría en «superperturbar» el planeta
con la continuación de las explosiones demográficas, la intensificación de
los cultivos agrícolas, el crecimiento económico a toda costa, el dispendio de
energía, etc., aun si hubiera que arrostrar al efecto las costosas, o peligrosas,
consecuencias de una creciente contaminación de la biosfera. Tampoco nadie propugna,
que yo sepa, esta «salida» en la forma indicada, o, si se propone seguir adelante, se
advierte que ello ha de ser con auxilio de los conocimientos científicos y de los recursos
tecnológicos, los cuales pueden aminorar buena copia de males mediante el
descubrimiento de nuevas fuentes de energía, el aprovechamiento de fuentes de
energía renovables o «reciclabes», la disminución de la
contaminación por medios técnicos apropiados, etc. Cabe preguntar, sin embargo,
si, aun resolviéndose a entera satisfacción de los interesados y, puesto que
se trata del futuro, de los «interesables» muchos, o inclusive todos, los
problemas, el
«superdisturbio» ocasionado no terminaría por alterar por completo, y no
como hasta ahora sólo parcialmente, «la faz de la Tierra», haciendo de
ésta un exclusivo dominio humano; y si no llegaría un momento en que los
disturbios así causados sólo podrían corregirse extendiéndolos al
«espacio», con la creación, ya seriamente propuesta, de «colonias
espaciales» el «desmantelarniento» del planeta Júpiter
podría incluirse en el proyecto. Los que mueren de hambre en Uganda o en las
regiones al sur del Sahara, o sus enflaquecidos descendientes, podrían recuperarse
convirtiéndose en «colonos del espacio». El que esta salida pudiera dar al
traste con todos los sistemas ecológicos aún existentes, y de los que aún
seguirnos viviendo, no sería obstáculo mayor: o no habría ya necesidad de
tales sistemas, o podrían producirse sistemas artificiales de acuerdo con las necesidades de
la especie.
En su obra sobre «la responsabilidad del hombre ante la Naturaleza» (Man's
Responsability for Nature: Ecological Problems and Western Traditions [La
responsabilidad del hombre ante la Naturaleza. Problemas ecológicos y tradiciones
occidentales], New York, 1974), John Passmore ha examinado detalladamente las diversas
concepciones, religiosas, políticas y filosóficas, que han tenido, y siguen teniendo,
gran influencia: el ser humano como «dueño de la Naturaleza» o inclusive
como su «déspota»; el ser humano como una especie de
«guardián» de la Naturaleza, o como «cooperador», etc. En
general, sus ideas son razonables, porque se oponen tanto a la actitud de dominio y
expoliación de la Naturaleza, como a creencia de que, habiéndose servido los
seres humanos para dominar y expoliar la Naturaleza de la tecnología, hay que reducir el
alcance de ésta a fin de restablecer un módico equilibrio ecológico. En
todo caso, ninguna de las soluciones que propone Passmore se acerca en lo más
mínimo o a una desperturbación radical o a una superperturbación
gigantesca.
Si difiero del mencionado autor es sólo en un punto, pero uno importante: en que no
considero, como él, los intereses humanos como «supremos». Si fuesen
realmente supremos, ¿por qué no permitir a la especie humana seguir dominando,
y aun expoliando, el medio ambiente el terrestre por el momento, y alguno supraterrestre
luego? Passmore contestaría, desde luego, que ello no sería permisible, y
que sus puntos de vista le vedarían adoptar tal actitud. Sin embargo, me parece que no
podría conciliar la misma con la idea de la supremacía. Si la especie humana
aumenta en número, y necesita oportunamente entrar a saco en la Naturaleza, y dispone al
efecto de los necesarios recursos tecnológicos, su supremacía constituiría
el factor determinante. No habría razón para no seguir, si ello fuese necesario, la
vía de una archisuperperturbación. Una de las consecuencias de la misma
sería la de que, al «humanizarse», en el sentido antes apuntado, la
Naturaleza, una parte substancial de ésta, en cuanto ambiente dentro del cual la especie
humana vive, podría terminar por desaparecer prácticamente del mapa.
¿En qué medida sería ello, aun si factible, deseable? Consideremos el caso
de los animales, tema del presente capítulo.
Hay muchos y muy diversos motivos y razones para no adoptar una actitud que, de llevarse a
cabo lo que presupone, daría por resultado un excesivo empobrecimiento de la Naturaleza
viviente en general, y del llamado «reino animal» en particular. Usaré para
abreviar la expresión 'vivientes'. Se han aducido, entre otros, los siguientes argumentos:
1) Un mundo sin vivientes, o con una considerable reducción en el número y
variedad de vivientes, sería menos rico que un mundo con vivientes y, a fortiori,
con una considerable variedad y número de éstos. 2) Los vivientes proporcionan
un goce psicológico y estético a los seres humanos.
Ninguno de estos argumentos me parece persuasivo. (1) Es muy discutible, y depende de una
metafísica de cariz más o menos leibniziano, con su insistencia en la abundancia y
variedad de realidades. (2) Deja en pie la idea de los intereses humanos como
«supremos», de modo que si cambian éstos ha de cambiar asimismo la
actitud adoptada respecto a los vivientes. Si todos y cada uno de los seres humanos dejan de
experimentar la menor satisfacción por convivir con otros vivientes, y hasta si un
día ocurre que todos y cada uno de los seres humanos empiezan a odiar los
álamos, los geranios, los rinocerontes, las ardillas, etc. y a complacerse
únicamente en conducir automóviles, mirar escaparates de tiendas o contemplar
en la pantalla «escenas de la vida matrimonial», parecerá difícil
argüir contra semejantes intereses supuestamente «supremos».
Emprenderé un camino que conduce a parajes no muy distintos de los alcanzados por
Passmore, pero que no se vale de la idea de los intereses humanos como supremos.
Las diferencias entre las capacidades humanas y las de otros vivientes son impresionantes en
varios respectos. ¿Quiere esto decir que lo son en todos? Prima facie no parece
que sea así. En lo que toca a la supervivencia de la especie, hay especies que han batido, y
que posiblemente seguirán batiendo, a la humana. En cuanto a la firmeza y estabilidad de
la organización social, muchas sociedades de insectos le ganan la partida a cualesquiera
tipos de sociedades humanas. Los seres humanos son mucho menos ágiles que, por
ejemplo, los gatos. Excepto algunos atletas, patinadores o bailarines, los seres humanos se
mueven mucho menos airosamente que las gacelas o los potros. Los animales de presa
despedazan (¿diremos que «sin piedad»?, pero la «piedad» no
ejerce aquí ninguna función) a miembros de ciertas especies que caen bajo sus
garras, pero esas garras se extienden sólo cuando los animales de presa las necesitan para
procurarse sustento o para amparar a su progenie. Los animales de presa no eliminan totalmente a
las especies que les sirven de alimento, porque de hacerlo así se quedarían, al final,
sin nada de que nutrirse. Un animal de presa elimina a su víctima: no se ensaña o se
ceba en ella. En cambio, los seres humanos no parecen preocuparse mucho de las consecuencias
de sus rapiñas, tal vez porque sus opciones al respecto son mucho más amplias.
Por supuesto que el ejercicio de la inteligencia puede superar varias
«inferioridades»: los seres humanos pueden construir mecanismos que corren
más velozmente aunque no siempre más airosamente que las
gacelas o artefactos que pueden volar a mayores distancias y a mayores alturas que cualesquiera
pájaros. Podría concluirse, pues, que en conjunto las capacidades de la especie
humana son superiores, cuando menos en potencia, a las de cualesquiera otros vivientes.
Pero aun en semejante caso, ¿sería ello suficiente para adoptar una actitud de
la cual podría desprenderse la obliteración prácticamente completa de
otros seres vivientes?
No lo creo así. Aunque se admitiera la discutible premisa de que la especie humana es,
en conjunto, «superior» a otras especies vivientes, ello no haría de tal
especie una realidad biológica discontinua de las otras. La base de la actitud que
aquí se adopta es una base biológica, fundada a su vez en la idea de la continuidad
de niveles de que en otro lugar he hablado y sobre la que he insistido en la
«Introducción» a este libro. Admitir esta concepción continuista
equivale a rechazar todo «centrismo» y, por tanto, también todo
«antropocentrismo». Como toda concepción muy general acerca del
«mundo», o del conjunto de sistemas que forman el «mundo», la que
propongo es discutible. De no aceptarse, pueden rechazarse sus consecuencias. Pero si se acepta,
no hay que hacerlo como un artículo de fe, sino como una idea que está bastante
de acuerdo con lo que conocemos acerca del mundo. Si además está de acuerdo
con las razones, básicamente morales, que la coautora de esta obra ha desarrollado en la
sección anterior, ello constituye una razón suplementaria para abrazarla.
Propongo las tres siguientes cosas: 1) Aceptar el hecho de que la especie humana, con
enormes diferencias de grado, aunque no de naturaleza, respecto a otras especies, ha producido
ya grandes disturbios o perturbaciones en el conjunto de los ecosistemas del planeta. 2)
Considerar que este hecho no es base suficiente para intensificar los «disturbios»,
sino más bien para ver si, y hasta dónde, cabe reintegrar la especie humana dentro
de otras especies y dentro de la Naturaleza en general. 3) Admitir que ello es posible gracias a que
el desarrollo biosocial incluye la capacidad de opciones racionales, y gracias a que los progresos
tecnológicos pueden hacer posible adoptar estas opciones. Así, las mismas
aptitudes y capacidades que han producido disturbios gigantescos pueden ponerse a la obra con el
fin de evitar ulteriores disturbios que comprometan la mencionada reintegración.
El control del crecimiento demográfico; la reducción y, a la postre,
eliminación del despilfarro de recursos naturales; la busca de fuentes de energía
renovables o, como la energía solar, prácticamente inagotables; la
distribución más equitativa de bienes; el estudio de los beneficios que puede
proporcionar tanto a la especie humana como a otras especies la conservación de la
llamada «vida salvaje» que no sólo incluye animales, sino sistemas
ecológicos enteros, tales como ciertas regiones pantanosas que hasta ahora se
habían considerado maléficas y que se ha probado son necesarias para conservar,
y aumentar, los recursos naturales: he aquí algunas de las muchas medidas que
cabe adoptar para llevar a cabo los propósitos indicados. Ello no equivale a jurar por lo
que Barry Commoner ha llamado «la tercera ley de la ecología», es decir,
«la Naturaleza sabe lo que hace» (The Closing Circle, New York, 1971,
pág. 41; cit. en J. Passmore, Man's Responsability, etc., pág. 185). De
hacerlo así, se hipostasiaría algo llamado «la Naturaleza», para
proclamar acto seguido que esta entidad hipostasiada o bien «sabe lo que hace»
(«lo que es mejor») o bien «obra como si supiera lo que hace». Es
posible que, antes de la introducción de los «disturbios» mencionados, los
procesos naturales discurrieran de acuerdo con la «ley» de referencia, pero, aparte
de que ello no es absolutamente cierto, resulta que, aunque lo hubiese sido, ya no lo es. En la
situación actual, no hav más remedio que suponer, o desear, que la especie
humana alcance a Saber «lo que se hace» (o «lo que es mejor»).
Saber lo que se hace es, en el caso presente, saber que lo que se hace es lo mejor que cabe
hacer. La expresión 'lo mejor' tiene un sentido valorativo, cuando menos si por 'lo mejor'
entendemos 'el mejor fin (posible)' y no 'el mejor de los medios (posibles)'. Aunque, dentro del
contexto en que me he movido en este ensayo, he tratado de reducir los aspectos valorativos al
mínimo, confieso que tal vez no lo he alcanzado en la medida de lo deseable. Por fortuna,
aun en el tratamiento de fines cabe hacer uso de la racionalidad: un fin, F, aparece como
más racional que otro fin, 0, cuando F encaja mejor que 0 dentro de lo que se ha admitido
previamente como un dato básico. El dato básico mismo no es sometido a
valoración. Al fin y al cabo, podría ocurrir que fuera «mejor» que
los seres humanos se distinguieran en naturaleza y no sólo en grado de los demás
vivientes; que hubiesen sido efectivamente creados a imagen y semejanza de Dios y representaran
a éste sobre la Tierra; que la «superperturbación» que he presentado
como una opción a eliminar resultara fascinante para todos los humanos. Pero no me
importa que todo eso, que he afirmado que no es, fuese lo mejor o lo más deseable. De
serlo, o de resultar serlo, se desprendería de ello una idea de la especie humana y de su
relación con otros vivientes completamente distinta de la que he aceptado como un hecho
básico. Si el hecho básico es el de la continuidad de los niveles de sistemas de
realidades, y específicamente el de la continuidad de la especie humana con otras especies,
entonces todo lo que se haga para negar este hecho tendrá que fundarse en una
concepción más acertada.
En virtud de la continuidad antedicha, los intereses de la especie humana coinciden con los
intereses de otros vivientes. Los intereses humanos no son supremos; sólo lo son los
intereses comunes a una y a otros. Reconozco que el término 'interés' tiene la
manga muy ancha y que por ella pueden deslizarse gran copia de equívocos, no todos
ellos eliminables aun si nos limitamos a designar con dicho término un conjunto de
necesidades básicas que es pertinente, y conveniente, satisfacer. Lo mismo ocurre, dicho
sea de paso, con el término 'derechos', que figura en el título de este
capítulo. Si aceptamos la noción propuesta por Aldo Leopold («The Land
Ethic» [«La ética de la tierra»] en Sand County Almanac with
Other Essays on Conservation [1949], New York, 1966), de «comunidad
biótica» y extrapolamos conceptos normalmente usados para describir, o justificar,
relaciones interhumanas, hablaremos no sólo de «intereses humanos»,
«intereses de los animales», «derechos humanos», «derechos
de los animales», etc., sino también de «intereses» y
«derechos» de las montañas, las plantas, las rocas, y terminaremos por no
saber de qué estamos hablando. Pero en el caso de «intereses de los
animales», por lo menos, y de «derechos de los animales», subsidiariamente,
sabemos que nos referimos a la cuestión de si aceptamos que se hallen en conflicto con
intereses y derechos humanos.
De todo lo que he dicho hasta aquí a hablar, propiamente, de «derechos de los
animales», va todavía un salto. Pero no es un salto insuperable. En rigor, el
«paso» que puede darse con el fin de aportar razones en defensa de los
«derechos de los animales» unidos a las razones que pueden darse en favor
de la protección y mejoramiento del «medio ambiente» natural
puede ser «un pequeño paso» para la especie humana y un «gran
paso» para la Naturaleza entera.
Priscilla Cohn
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